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La saliva que detuvo el mundo

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CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El Pentágono dio a conocer unos videos filmados por sus aviones de guerra en 2004 y 2015 en los que se muestran objetos que se mueven a gran velocidad. No podía ser mejor momento hoy que parecen enfrentadas dos posturas sobre el planeta: arreglar nuestra relación con ella, la Tierra, o esperar a que pase la epidemia y reanudar acaso con más ahínco lo que nos llevó hasta aquí. Unos quisiéramos quedarnos de una mejor forma en el planeta; los otros estarían dispuestos a arruinarlo y, luego, mudarse a Marte.

A contracorriente de las imágenes borrosas de los ovnis, ha circulado un texto del filósofo de la ciencia Bruno Latour, quien define la pandemia en dos aspectos. Primero, no la considera una crisis, es decir, algo pasajero, sino una “mutación ecológica” de la que no podremos salir de la misma forma en que entramos, a ciegas. Lo que la epidemia cuestiona con fuerza –la alimentación industrializada, el hacinamiento en los transportes públicos, la avaricia que no le permite a los obreros cuidarse, los medios de comunicación como garantes de la verdad, los sistemas de salud privatizados, la medicina como mercancía–, desmintió también la idea neoliberal de que la economía no puede detenerse. La forma en que Latour lo describe es impresionante si nos detenemos en ella: las gotas de nuestra saliva son las más eficaces globalizadoras y su pronosticada carga viral bastó para paralizar lo que nos habían dicho que era imparable: la industria corporativa, el comercio de containers, las emisiones de bióxido de carbono. La saliva detuvo al mundo.

La interrupción de la globalización es un momento para replantear, como escribe Latour, no sólo la redistribución de la riqueza, sino de la producción misma; es decir de lo que es fructífero para los más y para el planeta. Si pudiéramos discutirlo desde la sana distancia –que puede ser mental también–, quizá no salvaríamos necesariamente lo productivo, -sino muchas de las acciones humanas que no guardan relación con el rendimiento. La creación que no germina en pilas de -dinero.

Del otro lado están los que, aún conscientes de que el sistema ya dio de sí, piensan extenderlo hasta la próxima epidemia. Son los chinos de Wuhan que salieron de su encierro para comprar automóviles porque ahora desconfían del transporte público. Son las carretadas de dinero público a las farmacéuticas que especulan con los insumos médicos. Y es la intención del Pentágono al difundir justo ahora las imágenes de naves espaciales que lo son sólo porque así lo indica el pie de foto.

Hay una forma de eludir al mundo, de que Google, Roche, Amazon y Walmart colonicen las estrellas. Y nos dejen a los infectados en el planeta inservible que ellos ayudaron a descomponer. Saben que el final del modelo corporativo y corrupto de las décadas pasadas, desde su implementación en el Chile de Augusto Pinochet, ha sido vulnerado en lo que tenía por irrebatible: que no se podía detener. La referencia a Pinochet no es casual, sino causal. Hace unos días el expresidente de México Ernesto Zedillo, autor del rescate bancario que todos pagaremos todavía durante 70 años, firmó un desplegado de la Fundación Internacional para la Libertad, un organismo que está integrado por golpistas de varios países latinoamericanos.

En su consejo figuran también personajes como el empresario Juan Villar Mir, el presidente de OHL, la constructora española favorecida por Enrique Peña -Nieto; Jorge Errázuriz, quien le pidió al presidente de Chile Sebastián Piñera que disolviera el Congreso en las protestas del año pasado; Nicolás Ibáñez Scott, autoproclamado “pinochetista” y que ha dicho no creer en que existan los derechos sociales; Alberto Benegas Lynch, el economista argentino que acusó al Papa de “estar contra el libre mercado”; Carlos y Guillermo Zuloaga, dueños del monopolio televisivo Globovisión, que llamó a un golpe militar contra el presidente de Venezuela; Óscar García Mendoza, del Banco Venezolano de Crédito, quien pidió una intervención militar de Estados Unidos en su país.

También está el Nobel Mario Vargas Llosa, la cara sonriente de la fundación, quien estrenó su premio de literatura en Guadalajara de la mano del único gobernador mexicano que ha usado el estado de excepción contra sus ciudadanos en la epidemia. Se hizo acompañar de varios columnistas mexicanos que propugnaron durante 30 años que se hiciera el libre mercado en la milpa de sus compadres, pero que se llenaron los bolsillos de impuestos pagados por todos.

En el desplegado, también firmado por José María Aznar, se dice: “En España y la Argentina dirigentes con un marcado sesgo ideológico pretenden utilizar las duras circunstancias para acaparar prerrogativas políticas y económicas que en otro contexto la ciudadanía rechazaría resueltamente. En México arrecia la presión contra la empresa privada y se utiliza el Grupo de Puebla para atacar a los gobiernos de signo distinto”.

Hay que recordar que otro de los integrantes de la Fundación para la Libertad es Alejandro Roemmers, quien durante el gobierno de Macri monopolizó la venta de medicamentos. Parece, en efecto, un desplegado que se hubiera redactado en otro siglo, pero los abajofirmantes pretenden “rescates” millonarios de las industrias privadas de aviones, armas y petroleras como parte de un confuso concepto de “libertad”: de hacer y decir pero pagado con impuestos de los demás.

Los demás estamos en otro planeta. Quedarse en casa para que otro pueda tener una cama de hospital. La idea pone en cuestión nuestras relaciones entre lo que está cerca y lejos, entre la propia conveniencia y ayudar a un desconocido, entre la presencia y la apariencia. Es una idea que se opone a la otra, la dominante, de “si no me afecta a mí, que ruede el mundo”. Eso ha ocurrido con el cambio climático. El mundo corporativo ha negado su existencia asimilándolo a una mera “naturaleza” del planeta, casi tan inamovible como “el mercado libre”: el clima, como la oferta y la demanda, va y viene. El clima se calienta en una era y se vuelve a enfriar en otra.

Hoy, 12 empresas producen casi la cuarta parte del dióxido de carbono que envenena la atmósfera y el agua. Nadie ha podido exigirles la mínima responsabilidad planetaria que sí se nos endilga a los individuos. Esa disparidad la retrata con claridad esta pandemia: mientras la muerte de miles es vista como “natural” por las corporaciones que se niegan a cerrar sus plantas y medios de transporte, el resto somos responsables de no extender los contagios. Las corporaciones piensan en esas vidas como prescindibles, mientras los demás creemos en hacer lo mínimo –no salir– para que los anónimos enfermos tengan atención médica.

Los habitantes del planeta hemos desarrollado una capa mental que ya no tiene que ver con el encuentro con alguien a quien conozcamos, sino con un abstracto “nosotros” que se ve afectado por mis decisiones individuales. Esta capa no es accesible para los individualistas amorales ni para los patriotas de su entorno. Ambos han movido la globalización: unos, mediante el desplazamiento de su dinero y mercancías por el mundo; los otros, encerrados en la aldea manejable de la autonomía. A las libertades de creación y acción, que Sartre dividió tajantemente, se puede agregar una más, que podría salvarnos: la libertad de no hacer.

En la pandemia es el no hacer el que nos salva de nuestra saliva. Se nos presenta en estos días como una idea de otra globalidad, no la de las mercancías, las plataformas digitales, los buscadores –reprobados en información verídica– o de rechazar todo lo que no puede ser visto desde tu ventana, sino de una adhesión a la percepción, más que al significado, de una palabra: planetario. Muy distinta de otras ideas de globalidad, como el internacionalismo que, si bien era pacifista, sólo podía ser proletario; el cosmopolitismo como imitación amaestrada de lo que se creó en ciudades de Europa o en Nueva York; el mercado global como angustia por no tener la última versión del Iphone; este pensar de nuevo el mundo puede incluir al otro, tu igual, aunque nunca lo hayas visto. Todo, por el miedo a su saliva.

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de este medio

Con información de: www.proceso.com.mx

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