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Pandemia: viral, económica y de militarización

Pandemia: viral, económica y de militarización. Foto: Demián Chávez

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La suave Patria, otrora pensada “impecable y diamantina”, sufre hoy pasmada, enferma, oscura y descompuesta, una triple crisis: de salud en todos sentidos, de libertades amenazadas y de una economía en camino de colapso. Filosofía realista y poesía en horas tensas y decisivas, resultan asideros esperanzadores de verdad. No es hora de fugas infecundas que dan la espalda a una realidad estrujante.

En torno a la pandemia y sus consecuencias todas, se renueva un viejo debate filosófico. La lucha entre individualismo y colectivismo. Dos extremos que se tocan por no hacer justicia ninguno de ellos a la esencia del ser humano. Primero destacaré puntos de filosofía social necesarios para comprender los sucesos, por lo que suplico paciencia e interés por pensar, por no sucumbir a lo anecdótico. Y después, tales puntos los relacionaré con realidades concretas que afectan y aterran. Pero primero, poesía, luego filosofía y después realidad:

“Quieren morir tu ánima y tu estilo,

cual muriéndose van las cantadoras

que en las ferias, con el bravío pecho

empitonando la camisa, han hecho

la lujuria y el ritmo de las horas.

 

Patria, te doy de tu dicha la clave:

sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

cincuenta veces es igual el ave

taladrada en el hilo del rosario,

y es más feliz que tú, Patria suave”.

I   

El individualismo liberal peca por exceso de libertad. Endiosa al individuo. Postula un derecho y una libertad sin obligaciones propias ante la comunidad, desconociendo la naturaleza social de la persona humana. Reduce a la sociedad, a la comunidad a mera suma de individuos, degradando su naturaleza de unión moral y fines nobles. El resultado es que el pez grande devora al pequeño, “bajo la apariencia de libertad e igualdad”. El egoísmo aplasta la solidaridad.

Por otro lado, el colectivismo materialista peca por defecto de libertad. Endiosa a la colectividad hecha sustancia. Postula un derecho absoluto del todo colectivo, despojando al sujeto de libertad, degradando la dignidad de éste hasta venir a parar en mera cosa, “objeto de curso social y económico”. El resultado es que el todo colectivo se engulle a la persona. El egoísmo de Estado totalitario impide toda genuina solidaridad.

En oposición simultánea a ambos, individualismo y colectivismo, se encuentra el solidarismo o concepción social del Bien Común. No es dicha concepción una combinación de tales extremos.  Como no es la valentía la mezcla de cobardía y temeridad, sino algo opuesto simultánea y contradictoriamente a ellas. Ese es el fondo del justo medio aristotélico. El justo medio de blanco y negro no es el gris, sino aquello que simultáneamente se opone a blanco y a negro.

Así, la concepción social del Bien Común o solidarismo, se opone simultáneamente tanto al individualismo como al colectivismo. Le da su lugar a la persona humana y a la comunidad. La persona conservando su dignidad imperecedera, está dotada de “esencial relación a la comunidad”.  Es una doble vinculación: vincula cada una de las personas con el grupo comunitario y a éste por otro lado, con cada una de ellas.

De esa manera se elimina el endiosamiento del sujeto y del grupo social absolutizado, preservándose el derecho y la libertad del ser humano, pero sin desconocer sus deberes de solidaridad frente a la comunidad. Comunidad que no es un todo sustancial que devora a la persona, sino medio natural para que la persona se desarrolle armónicamente y cumpla su destino.

II

Si aterrizamos las ideas filosóficas anteriores y las relacionamos con los efectos del coronavirus, entre ellos el confinamiento, podemos sacar lecciones muy útiles. Los defensores del individualismo sostienen que el confinamiento es un atentado a su libertad y a su derecho de trabajar para que la economía no decaiga. Olvidan que hay un deber frente a la comunidad en aras del Bien Común y su doble vinculación. Ésta que une a las personas con el grupo y a éste con cada una de ellas.

Ese deber de solidaridad con miras al Bien Común, en el caso de la pandemia, consiste entre otras cosas, en no salir por un tiempo del hogar para evitar contagios y salvar la vida. La vida, valor intangible e irreparable en caso de pérdida, por encima de la economía reparable en su momento.

Para que dicho confinamiento tenga sentido en un país como México, con grandes desigualdades, es indispensable que el Estado en su papel de gestor del Bien Común, enfrente la pandemia con gasto social en salud, salario emergente y apoyo sustantivo a pequeñas y medianas empresas sin regateo alguno. Gasto social ese financiado como aconseja Piketty, con deuda e impuestos a la riqueza de los más ricos. Para evitar así que millones se vean forzados a romper el confinamiento a fin de sobrevivir.

Además, en México como regla, se vive un feroz individualismo que se manifiesta socialmente de varias maneras. Un médico de un hospital del Seguro Social, comentó muy recientemente que en el país hay dos mundos: el de las calles con mucha gente indiferente al dolor ajeno, caminando como si no pasara nada en tanto no le toque de cerca el drama humano de la enfermedad terrible o la muerte que se multiplica silenciosamente a diario.

Y a contrapelo de tal mundo “feliz”, el mundo de los hospitales: poblados de dolor, ingratitud, reclamos cotidianos, angustia, enfermos, enfermeras y médicos exhaustos, moribundos, camas de pacientes que se mueren lejos de los suyos y que van directo, solos al crematorio si hay suerte; hospitales, muchos despoblados de recursos básicos que motivan los reclamos, de agradecimientos por la labor de sus doctores y enfermeras.

Por otro lado, los defensores del colectivismo, aprovechan las restricciones temporales a la libertad como el confinamiento necesario pero transitorio con motivo de la pandemia. Las aprovechan para convertirlas en regla, en normalidad que sacrifica impunemente la dignidad y libertad de cada integrante de la comunidad. Lo excepcional es transformado en permanente para afianzar su poder autoritario o dictatorial. Es ese precisamente el problema advertido sagazmente por Giorgio Agamben hace poco y malentendido por ignorantes académicos de salón.

Es el caso de la decretada militarización de México en materia de seguridad pública, hace apenas unos pocos días por el Ejecutivo Federal, en el contexto pandémico. Lo extraordinario, lo excepcional, previsto en un artículo transitorio de una reforma al artículo 21 constitucional, se transforma en lo habitual, en lo permanente por ¡el resto del sexenio, sin acatar los límites de tal transitorio! Ello aterra porque la seguridad pública por naturaleza, debe estar al mando real de civiles y en manos de policías, no de militares. Dicha militarización incluye ¡la detención de ciudadanos en general!

Insólito: lo más extremoso de la derecha detestada en teoría, asumido hoy en la realidad por la supuesta izquierda morenista. Ello representa una funesta e inconstitucional pandemia política de muy larga duración junto a la viral mortífera, que según eso ya se “domó” con casi 4000 muertes reconocidas por lo pronto. Todo en aras de una seguridad que estanca y mata la esperanza de libertades, en la lógica genial de Baruch Spinoza.

III

Ahora volvamos a la recta concepción social. Lo justo a la luz de una concepción social solidarista, es el confinamiento obligado como medio eficaz de evitar contagios y salvar vidas. Pero se trata de una restricción, de un confinamiento temporal y bien instrumentado como en Alemania, por ejemplo. Lo justo es subordinar la economía a la vida de todos: pobres, clase media y ricos. La vida: valor supremo a cuyo servicio debe estar la economía y no al revés.

Lo infame es sacrificar vidas humanas para reactivar la economía sin haber resuelto la crisis sanitaria por imprevisión, y por haber desmantelado el sistema de salud pública con base en una política de austeridad impuesta “por una ideología neoliberal de hace décadas” como bien dice Piketty.

Por ello, el papel de los más ricos debe ser de solidaridad y no de egoísmo individualista como el que hemos visto en Bérgamo Italia, con empresarios que obligaron a sus trabajadores a trabajar en medio de la pandemia, doblegando al gobierno y resultando tal medida insensata en miles de muertes de sacrificados en el altar del dinero. Esa actitud mezquina y codiciosa también la hemos presenciado en otros países y en México por desgracia.

No en balde la canciller alemana que ha dado pruebas de grandeza humana y liderazgo político, dijo hace poco que el problema de América Latina en el contexto de la pandemia, eran los ricos que no quieren solidarizarse. Le faltó decir a la canciller que el otro gran problema es el representado por los gobiernos de tal región, salvo una que otra excepción.

La canciller alemana Angela Merkel y el genio de Thomas Piketty han puesto el dedo en la llaga del atroz individualismo liberal, hoy practicado por izquierdas, derechas e híbridos. Piketty, además de su propuesta fiscal redistributiva de gravar la riqueza de los multimillonarios de cada país, sugiere medidas complementarias para evitar que la pandemia se convierta en una “hecatombe a gran escala”.

Propone Piketty entre otras cosas: una cuota mínima en salud pública y educación para todos los habitantes del mundo, financiada por el derecho universal a compartir los ingresos fiscales pagados por los más pudientes actores económicos del orbe -el 1% más rico del mundo-. Sin perder de vista dice, que su colosal riqueza ha surgido por regla, de la explotación de los recursos humanos y naturales del planeta.

Por otro lado, en virtud de la descomunal crisis económica que se viene encima, el economista Kenneth Rogoff, profesor de la Universidad de Harvard, en entrevista que le hizo ayer Isabella Cota de El País, recomienda una suspensión de pagos, una moratoria de la deuda para América Latina otorgada por todos los acreedores, públicos y privados, incluyendo por supuesto a bancos y fondos. 

Si los grandes ricos se solidarizaran en general; si los gobiernos dejaran de contemporizar con los poquísimos multimillonarios; si se esforzaran por gestionar el Bien Común con políticas públicas redistributivas y normas de justicia -impuestos a la riqueza extrema y cogestión en las empresas, por ejemplo-; si dichos gobiernos a la vez promovieran y apoyaran la iniciativa personal y comunitaria.

Si ello se diera, entonces se conjuraría el que regímenes colectivistas trituradores de libertades o individualistas enterradores de justicia como el trumpismo racista y vulgar, y sus serviles secuaces, accedieran o se sostuvieran en el poder para ruina de todos.

Tiempo nuevo que salve de hecatombes venideras, demanda que se instaure en América Latina el solidarismo. Solidarismo justo y democrático, reflejo social del Evangelio, tal como lo apuntara hace años Maritain en Humanismo Integral, y hace unos días, Jean Meyer a su manera, en revelador artículo periodístico. Si se diera ese vuelco, sería un despertar luminoso, un tiempo auroral después de una larga oscuridad que culmina en la pandemia atroz y su triple crisis. Tiempo auroral de la Suave Patria.

Dedico este texto con admiración a Jean Meyer, biógrafo de la Cristiada, intelectual serio y lúcido.

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de este medio

 

Con información de: www.proceso.com.mx

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