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Los dilemas del reduccionismo

Ninguno de los teóricos del nacionalismo, a juicio mío, ha rebasado a Benedict Anderson. Su tesis de la comunidad imaginada o imaginaria sigue siendo la mejor explicación del fenómeno nacional: una nación existe ahí donde un conglomerado humano la imagina, una vez que cada uno de sus integrantes ha desarrollado en su mente la idea de que comparte con personas que no conoce un pasado y un proyecto comunes. Yo la interpreto de la siguiente manera: una suma de subjetividades da como resultado una objetividad. Si bien la percepción individual de la comunidad nacional es subjetiva, el efecto de la cohesión comunitaria es objetivo.

Ahora bien, todas las forjas nacionalistas recurren en mayor o menor medida a mitos. Se exageran hechos y personajes para estimular el apego a la patria, que ya no es sólo la gente –como lo es la nación– sino también el territorio. Nada de raro hay en este proceso de construcción nacional, tan común como válido. El problema es exceder la dosis de mitología y reducir el recuento histórico a ángeles y demonios, como ha hecho el oficialismo en México, y soslayar el hecho de que el heroísmo se da en seres de carne y hueso, extraordinarios pero falibles. Entonces el pasado se atiesa y su asimilación se dificulta, porque no es fácil digerir estatuas de bronce. Quien descubre que uno de sus héroes tuvo contradicciones o cometió errores puede desencantarse y cuestionar todo lo que le han contado. Como he dicho en una frase que aplica a Juárez y a los liberales: el mejor homenaje que se le puede hacer a un gran hombre es demostrar que fue grande sin dejar de ser hombre.

El presidente López Obrador, un enamorado de nuestra historia oficial, decidió conmemorar este año el bicentenario de la consumación de nuestra Independencia. La decisión raya en la heterodoxia: en este país solemos celebrar los inicios, no los finales; ahí están el 16 de septiembre y el 20 de noviembre como ejemplos conspicuos (un académico­ extranjero me dijo hace tiempo que los mexicanos tenemos mucha iniciativa pero poca “acabativa”). Cuando escuché el anuncio presidencial me asaltó la duda: ¿qué se dirá de Agustín de Iturbide? Y es que es imposible evocar lo acontecido en 1821 sin fijar postura sobre su actor principal, satanizado por el maniqueísmo­ histórico. Mientras que el liberalismo y la consistencia de Vicente Guerrero no complican la narrativa de la 4T –luchó con tesón liberal y admirable sacrificio por la emancipación– el conservadurismo y el viraje de Iturbide han llevado a AMLO a prefigurarlo como “representante de la monarquía”. Y sí, antes de abrazar la insurgencia la combatió desde las fuerzas realistas del virrey Calleja, y luego atropelló al republicanismo y se erigió emperador.

Si nos quedáramos con esos datos tendríamos que dar la razón a quienes lo acusan de villanía. Pero he aquí que, en su determinación de sumarse a la lucha por independizar a la Nueva España, se volvió su consumador: sin su astucia y sin su fuerza militar no habría sido posible vencer a la corona española. Fue él quien buscó a Guerrero para pactar una alianza y logró –como recuerda Lorenzo Meyer– unir a liberales y conservadores en torno a la causa independentista, y fue él quien introdujo los colores y el nombre real de nuestra nación. ¿No son estos méritos suficientes para considerarlo un personaje respetable en nuestra historia? Pues resulta que no, que pese a que AMLO ha decretado la redención de aliados suyos que antes cometieron actos reprobables, el comandante del Ejército Trigarante no merece reivindicación.

La historiografía de AMLO, que en lo esencial es la misma que oficializó el PRI en el siglo pasado, se enreda sola. Es incapaz de admitir, en sus relatos de la “primera transformación”, que Agustín de Iturbide, un conservador, es el artífice del México independiente. Dos ejemplos más, de los muchos que hay: no puede procesar el hecho de que Mora y otros precursores liberales de la “segunda transformación” hayan escrito párrafos racistas contra la población indígena, y no tiene empacho en hacer epónimo a Obregón, quien a pesar de ser responsable en la “tercera transformación” de cosas peores (pregúntese a Carranza y a Villa) que las perpetradas por varios malvados oficiales, ostenta su nombre en muchas calles. He aquí el dilema en que se metió la “cuarta transformación” –defensora, en efecto, del rancio libreto priista que da pase automático al cielo a cualquier liberal y al infierno a todo conservador– cuando decidió festejar la consumación de la Independencia. ¿Qué rayos va a hacer con Iturbide? O aplica el viejo truco soviético de desvanecerlo de los registros o, de plano, lo presenta como el villano que nos dio patria y libertad. Gajes del historicismo en blanco y negro.

Todas las naciones incurren en el simplismo mitológico, pero no todas llegan a los extremos a que hemos llegado los mexicanos. Si bien la comunidad imaginaria de la que habla Anderson exige eso, imaginación, y a menudo sacrifica matices en aras de la consolidación de una identidad, es fundamental mantener un mínimo respeto por la verdad histórica. A la mentalidad bicolor se le atraganta la realidad cromática cada vez que no le sirve para demostrar sus premisas. Y hace daño ver el pasado desde ese prisma binario: la historia es mucho más compleja que la disputa entre liberalismo y conservadurismo. Si, como dice AMLO, el pueblo no es tonto, ¿para qué darle cucharadas de reduccionismo maniqueo que algún día habrá de escupir?

Análisis publicado el 7 de marzo en la edición 2314 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

 

 

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Con información de: www.proceso.com.mx

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